El día que los dioses aprendieron a pensar antes de jugar

Hace mucho, muchísimo tiempo, cuando los dioses vivían en lo alto del Olimpo, se celebró una gran fiesta. Océano, el agua que rodea el mundo, y Gea, la Tierra, estaban siendo homenajeados. Había música, risas y montañas de dulces divinos.



De repente, Mercurio llegó corriendo —como siempre— con un objeto extraño bajo el brazo.

—¡Traigo un juego nuevo! —anunció—. No se gana siendo el más fuerte, sino el más listo.

Los dioses se miraron curiosos. Apolo, que era muy inteligente pero también un poco presumido, dijo:

—Seguro que gano yo. ¡Soy el dios de la sabiduría!

Fotografía: Hermes y Apolo jugando la partida de ajedrez

Mercurio sonrió y colocó un tablero con cuadros blancos y negros. Sobre él puso pequeñas figuras: reyes, reinas, elefantes, arqueros y soldados diminutos.

Antes de empezar, ocurrió algo gracioso:
Apolo intentó mover una pieza demasiado rápido y… ¡pum! Tiró medio tablero al suelo. Todos rieron, incluso Júpiter, que casi nunca reía. Apolo se puso rojo y dijo:

—Está bien… jugaré con más cuidado.

La partida comenzó. Apolo pensaba mucho antes de mover, y Mercurio usaba trucos ingeniosos. Algunas piezas avanzaban despacito, otras cruzaban el tablero como si volaran. Cada jugada era como resolver un pequeño acertijo.

Poco a poco, Apolo se dio cuenta de algo importante: cuando se apresuraba, perdía piezas; cuando pensaba con calma, jugaba mejor.

Al final, Mercurio ganó la partida con un movimiento sorprendente. Apolo no se enfadó. Al contrario, aplaudió.

—Hoy he aprendido algo nuevo —dijo—. No siempre gana quien corre más rápido.

Como premio, Mercurio regaló el juego a una ninfa llamada Scacchide y le pidió que lo enseñara a niños y niñas de todo el mundo, para que aprendieran jugando.

Y así nació el ajedrez, un juego que enseña a pensar antes de actuar.


🌟 Moraleja

No siempre gana quien es más fuerte o más rápido, sino quien piensa con paciencia y aprende de sus errores.

 

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