Había una vez, en Dinamarca, un joven llamado Bent Larsen, que desde muy temprano mostró un talento especial para el ajedrez. No era un jugador común; en su mente, las piezas podían danzar de formas que nadie más imaginaba. Por eso, pronto se convirtió en el mejor de su país y uno de los más temidos del mundo durante los años 60 y 70.
Larsen no jugaba como los demás. Mientras muchos seguían caminos seguros y conocidos, él inventaba senderos propios. Un día, en un torneo en Palma de Mallorca, se sentó frente al campeón del mundo, Boris Spassky, y con una sonrisa traviesa abrió la partida con 1.b3, algo que nadie esperaba. Spassky pensó y pensó… tan concentrado que la sala entera quedó en silencio. Larsen, recostado en su silla, murmuró para sí mismo:
"Si
piensan demasiado en la primera jugada, el resto será más fácil para mí."
Desde ese día, esa apertura pasó a llamarse la
“Apertura Larsen”, como un
pequeño recordatorio de su creatividad.
Pero Bent no solo buscaba sorprender; también
tenía un corazón generoso y un espíritu deportivo. En 1970, durante el famoso “Match del Siglo” entre la URSS y el
“Resto del Mundo”, Larsen fue elegido para jugar en el primer tablero. Sin
embargo, sabía que Bobby Fischer
quería ese lugar. Con elegancia, Larsen cedió el puesto y permitió que Fischer
lo ocupara, demostrando que incluso los genios pueden ser humildes.
Al año siguiente, Larsen y Fischer se
enfrentaron en Denver, en un duelo que pasaría a la historia: Fischer ganó 6-0. Muchos pensaron que Bent estaba
devastado, pero él, con su característica ironía, dijo:
"No
jugué tan mal… es que Fischer jugó demasiado bien."
Y es que, aunque las partidas parecieran
duras, Larsen siempre encontraba la manera de reírse y de sorprender, incluso
en la derrota. Su creatividad no conocía límites. En otra ocasión, jugando una
simultánea, abrió con 1.a3, y
cuando le preguntaron por qué, respondió con picardía:
"Hoy no
hay reglas, hagan lo que quieran."
Así vivió Bent Larsen: un romántico moderno del ajedrez, capaz de
mezclar técnica, imaginación y humor, dejando tras de sí un legado de partidas
brillantes, aperturas originales y, sobre todo, un espíritu que hacía del ajedrez un juego tan divertido como
fascinante.

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