Hace más de quinientos años, cuando el ajedrez moderno comenzaba a imponerse sobre los tableros de Europa, un humilde granjero vivía en un caserío entre las brumas de las tierras bilbaínas, en lo que hoy es la villa de Bilbao. Cada noche, bajo la luz mortecina de la luna y envuelto en la neblina, caminaba hacia una posada cercana para jugar partidas de ajedrez que se prolongaban hasta el amanecer.
Fue en esas partidas donde conoció a una dama que parecía salida de un sueño o de una pintura renacentista: pálida como la escarcha, cabello rubio que caía como seda sobre sus hombros, labios rojos que contrastaban con la blancura de su piel, y ojos enormes y serenos que parecía que podían atravesar el alma. Silenciosa, concentrada, como si cada movimiento sobre el tablero contuviera secretos que solo ella conocía. El granjero se enamoró sin remedio. Desde entonces, regresaba cada noche, ansioso por la partida y por la cercanía de aquella misteriosa dama.
Pero una noche, la brisa traía un presagio de horror. Un golpe seco y brutal resonó en la ventana. La puerta de la posada se abrió de golpe, y una sombra se deslizó dentro, tan oscura como la noche misma. Un vampiro. Sus ojos brillaban con un hambre centenaria, y sus colmillos reflejaban la luz de las velas como cuchillas.
—Vuestro tiempo se ha terminado —susurró con voz grave y aterciopelada—. Debo alimentarme… siglos de hambre me llaman.
El granjero y la dama quedaron paralizados. El miedo era un peso que les helaba la sangre.
—¡Por favor! —dijo el granjero con un hilo de voz—. Os suplico… dejadnos vivir… podemos… podemos jugar una última partida.
El vampiro inclinó la cabeza, curioso, dejando que la luz de la luna delineara su rostro cadavérico.
—¿Una partida? —musitó—. Muy bien… Si lográis vencerme, viviréis… por quinientos años más.
Las piezas comenzaron a moverse sobre el tablero. Cada movimiento era un latido de sus corazones, cada jugada un choque entre la astucia y la eternidad. El granjero movía rápido, tratando de ganar tiempo, mientras el vampiro, que había conocido imperios y reinos, demostraba su maestría. Era una danza mortal de mente contra mente.
—No escaparéis —gruñó el vampiro, mientras sus ojos rojos brillaban como brasas en la penumbra—. Ni tú, ni ella.
—Entonces… que sea el tablero quien decida —respondió el granjero, con voz firme, aunque sus manos temblaban.
Llegó el momento decisivo. El vampiro se inclinó sobre el tablero, ansioso por el golpe final… y entonces vio la posición final: un mate con forma de cruz, imposible de ignorar. Un símbolo antiguo y sagrado. Su mirada se congeló.
—Imposible… —susurró, y un escalofrío recorrió la posada.
La criatura, obligada por las reglas del tablero, retrocedió y desapareció en la noche, dejando solo el eco de sus alas y un frío que se arrastraba por las paredes de piedra.
Desde entonces, se dice que si algún mortal se encuentra con un vampiro y éste propone una partida de ajedrez, debe aceptar… y recordar siempre que, incluso en la eternidad, la astucia humana puede vencer al hambre de un monstruo.
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