El mate de la Santa Cruz

 La historia de este mate se remonta al siglo XIX, en pleno Romanticismo, una época de misterio, pasiones desbordadas y relatos sobrenaturales.

Cuenta la leyenda que un célebre escritor tenía la costumbre de acudir todas las noches a una pequeña posada cercana a su casa para disputar una partida de ajedrez. Era un lugar tranquilo, frecuentado por pocos viajeros, donde las horas parecían transcurrir lentamente al calor de las velas.

Una noche, mientras jugaba, conoció a una misteriosa dama. Desde el primer instante quedó prendado de ella. A partir de entonces, comenzó a acudir cada día, siempre a la misma hora, con la esperanza de volver a encontrársela y disputar una nueva partida. Poco a poco, lo que había comenzado como una simple afición al ajedrez se convirtió en una obsesión amorosa.



La dama era de aspecto inquietante: pálida como la cera, de cabello oscuro y labios intensamente rojos. Sus ojos y su rostro parecían congestionados, como si la sangre se agolpara bajo su piel. Apenas hablaba y mantenía la mirada fija en el tablero, concentrada en cada movimiento.

El escritor, completamente cautivado, no parecía reparar en aquellos detalles.

Así transcurrieron los días, hasta que una noche sucedió algo inesperado.

Aquella velada, la dama se mostró especialmente nerviosa. El escritor, cegado por su enamoramiento, apenas prestó atención a su extraño comportamiento. De repente, ella extendió una mano hacia la ventana y, con sus afiladas uñas, arañó violentamente el cristal. El chirrido produjo un escalofrío en el escritor.

Entonces, al volverse hacia él, dejó entrever unos largos y afilados colmillos.

—Lo siento mucho por ti —dijo con una voz fría y siniestra—, pero voy a tener que morderte. Estoy hambrienta y todavía no he cenado.

El escritor palideció de terror. ¿Cómo había podido dejarse engañar? ¿Cómo no había sospechado que aquella hermosa y enigmática dama era, en realidad, una vampira?

Intentó levantarse para escapar, pero ella se anticipó a sus intenciones.

—Es inútil que trates de huir. En cuanto salgas de aquí, alzaré el vuelo y te alcanzaré antes de que puedas llegar muy lejos.

Desesperado, el escritor comprendió que sus posibilidades de escapar eran prácticamente nulas. Sin embargo, tuvo una última idea: ganar algo de tiempo.

—Te lo suplico —dijo—. Concédeme una última voluntad. Déjame terminar la partida. Después podrás hacer conmigo lo que quieras.

La vampira aceptó, aunque con evidente impaciencia.

La partida continuó, pero ya nada era como antes. El escritor, presa del pánico, buscaba desesperadamente una manera de retrasar su inevitable final. Por el contrario, la vampira movía sus piezas cada vez con mayor rapidez. Quería terminar cuanto antes.

Los nervios del escritor aumentaban con cada jugada. La muerte parecía acercarse inexorablemente. Sin embargo, en medio de aquella angustia, encontró una combinación que podía cambiarlo todo.

De repente, realizó varias jugadas rápidas, como si se hubiera resignado a su destino, hasta que alcanzó una posición en la que se detuvo a pensar.

La combinación salvadora:

  1. Txg7+ Rf6
  2. Dxc6+!

Aprovechando la impaciencia de la vampira, el escritor ejecutó su jugada con rapidez, intentando que ella no advirtiera la idea que escondía.

2... Txc6

  1. Txc6+ Dd6
  2. Txd6+ cxd6
  3. Cc7!

—¡Ahogado! —exclamó la vampira.

—No —respondió tranquilamente el escritor—. Todavía puedes mover el peón.

5... d5

  1. Cxd5+

En ese instante, la vampira perdió los estribos. Se abalanzó sobre el tablero, agarró al escritor por el cuello y comenzó a zarandearlo.

—¡Basta de juegos! ¡Se acabó el tiempo!

El escritor, casi sin poder respirar, consiguió pronunciar unas últimas palabras:

—Haz... haz tu último movimiento. Después, mira el tablero.

Furiosa, la vampira volvió a sentarse. Aún le quedaba una jugada.

6... Re6

Y justo cuando colocaba su rey en la casilla correspondiente, el escritor ejecutó su última jugada:

7. Te7#

¡JAQUE MATE!

Las piezas habían formado la Santa Cruz.



Al contemplar aquella disposición sobre el tablero, la vampira lanzó un espantoso chillido. Aterrorizada por el símbolo que acababa de materializarse ante sus ojos, retrocedió y huyó a través de la ventana, cuyo cristal había arañado momentos antes. Desapareció en la oscuridad de la noche, mientras sus gritos se perdían en la distancia.

El escritor había conseguido salvar la vida gracias a una combinación de ajedrez y a una extraordinaria sangre fría.

Cuentan que, después de aquella noche, nunca volvió a pisar aquella posada.

Y así terminó la partida en la que un escritor logró vencer a la muerte con un jaque mate.

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