Mario y el Reino de las 64 Casillas

Hace muchos años, un 5 de enero de 1958, nació un niño llamado Mario. Vivía cerca de Peñota, junto al mar, en una familia sencilla donde el trabajo, el estudio y la ayuda a los demás eran muy importantes.

Mario tenía dos hermanas a las que quería mucho. Una era maestra en el Colegio Zubeldia de Portugalete y dedicaba sus días a enseñar a los niños a leer, escribir y descubrir el mundo. La otra era enfermera y cuidaba de las personas cuando estaban enfermas o necesitaban ayuda.

Desde pequeño, Mario observaba a sus hermanas y aprendía de ellas. De la maestra aprendió la importancia de estudiar y tener curiosidad por aprender cosas nuevas. De la enfermera aprendió la bondad, la paciencia y el valor de ayudar a los demás.

Cuando creció, Mario comenzó a estudiar Historia porque le fascinaban los castillos, los reyes, las batallas y las aventuras del pasado. Pero había algo que le gustaba todavía más.

Era un tablero con 64 casillas.

Cuando descubrió el ajedrez, sintió que había encontrado un mundo mágico. Allí había reyes y reinas, caballos que saltaban, torres que protegían castillos y peones que avanzaban con valentía.

Mario estudiaba las partidas durante horas. A veces ganaba y otras veces perdía, pero nunca se rendía. Siempre recordaba lo que había aprendido de sus hermanas: que para conseguir algo importante había que trabajar con esfuerzo y constancia.

Poco a poco se convirtió en uno de los mejores jugadores de España. Llegó a ser Campeón de España en dos ocasiones y ganó el Campeonato de Euskadi nueve veces.

Su fama llegó tan lejos que fue elegido para representar a España en cuatro Olimpiadas de Ajedrez. Gracias al ajedrez viajó a países lejanos y conoció a jugadores de todo el mundo.

En muchas de aquellas partidas consiguió algo que parecía imposible. Derrotó a algunos de los mejores jugadores de la historia, como los campeones del mundo Anand y Karpov, además de otros grandes maestros muy famosos.

Pero lo que más orgulloso hacía sentir a Mario no eran los trofeos.

Lo que más feliz le hacía era compartir lo que sabía.

Un día conoció a un joven llamado Alex Rodríguez. Alex tenía solo 18 años, mientras que Mario tenía 37. Aunque había muchos años de diferencia entre ellos, se hicieron grandes amigos.

Juntos comenzaron una bonita aventura: enseñar ajedrez a cientos de niños en los colegios de Sestao. Les enseñaban a mover las piezas, pero también les enseñaban a pensar, a respetar a los demás y a no rendirse nunca.

Con el tiempo se unió a ellos Mario Basto, un gran jugador que llegaría a ser subcampeón de España sub-18 y presidente del Dama Xake Klub.


De izquierda a derecha: Mario Gómez (nacido el 5 de enero de 1958), bicampeón de España y referente del ajedrez español; Alex Rodríguez, maestro de ajedrez y amigo inseparable durante décadas; y Mario Basto, presidente del Dama Xake Klub y subcampeón de España sub-18. Tres vidas unidas por la amistad, la enseñanza y la pasión por las 64 casillas.

Los tres compartieron una misma misión: ayudar a que más niños descubrieran la magia del ajedrez.

Y así, el niño que había aprendido de una maestra y de una enfermera terminó enseñando a miles de personas que los sueños se alcanzan paso a paso, igual que un peón avanza casilla a casilla hasta llegar al final del tablero.

Porque Mario descubrió algo muy importante:

Que ganar una partida es bonito.

Pero enseñar a otros a soñar es todavía mejor.

Y por eso su historia sigue inspirando hoy a muchos niños que, al sentarse delante de un tablero, imaginan que algún día también podrán vivir su propia aventura en el maravilloso reino de las 64 casillas. ♟️✨

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